El duelo

Cada persona encuentra en el proceso de duelo su propio camino para sostener el vínculo aún después de la muerte de uno de los integrantes.

Encontrar formas simbólicas de mantener ese vínculo es esencial para la sana elaboración del duelo.
Creer que toda forma de comunicación termina con la muerte es un error. Así como hablarle a un niño aún en el vientre materno es bien visto como acto amoroso, si hablamos con los muertos cumple la misma función.

El duelo sano logra que el vínculo continue más allá de la muerte.
El vínculo no ha terminado, solo cambio de forma.

A lo largo de mi experiencia con cientos de consultantes que han llegado a mi consultorio, he visto que, al inicio del proceso de duelo, la creencia y el sentir que todo se perdió respecto de esa persona que murió es la mayor causa de angustia y desesperación. Por el contrario, al avanzar, transcurrir el tiempo y el trabajo interior, cada uno encuentra formas muy personales de restablecer el vínculo, por ejemplo: hablarle en silencio, de mente a mente, comentar o preguntarle cosas respecto del día a día, sintiendo emocionalmente que la otra persona está presente, pedirle proyección, ayuda a quien murió.

Todo esto es esperable y normal dentro de un contexto en el que la persona tiene una buena calidad de vida acorde con la realidad.

El duelo no se supera, se atraviesa. Y aunque nunca seamos los mismos, podemos ser más sabios, más humanos, estar más vivos.

Perder a alguien que amamos sacude nuestro mundo. No hay fórmulas mágicas, pero sí algunas verdades que pueden ayudar a transitar ese camino:

  1. Cada persona vive el duelo a su manera.
    No esperes reaccionar igual que los demás, ni que los demás lo hagan como vos. El dolor es íntimo y único.
  2. Esconder lo que sentimos nos aísla.
    A veces, disimular el dolor nos impide conectar con quienes también están sufriendo. Hablar y compartir puede ser un puente hacia el alivio.
  3. Sentir que el mundo se volvió caótico es normal.
    Nada parece estable. Es parte del proceso.
  4. Viví de a 24 horas.
    No proyectes demasiado. Solo el día de hoy. El futuro puede esperar hasta que el alma respire un poco.
  5. El cuerpo también llora.
    Durante el duelo pueden aparecer síntomas físicos o empeorar enfermedades. Un control médico periódico es clave.
  6. Si sentís que algo no está bien, busca ayuda especializada.
    Existen factores que pueden complicar la recuperación. No estás sola, no estás solo.
  7. No evites lo que sentís.
    Cada emoción —aunque duela— tiene una función. Las emociones no se “curan” ignorándolas: se transforman cuando se las atraviesa.
  8. Recordar también sana.
    Revivir momentos, aunque duelan, ayuda a integrar la realidad de la pérdida. No se trata de aferrarse al pasado, sino de incorporarlo.
  9. Llorar es humano.
    Duele todo: el alma, el ayer, el ahora, lo que no será. Llorar no es debilidad: es sabiduría emocional.
  10. Vas a ir y venir.
    Habrá momentos de conexión con el dolor (tristeza, enojo, incredulidad) y momentos de desconexión (planes, sonrisas, recuerdos cálidos). Todo eso es duelo.
  11. Ni desbordarse sin pausa, ni contenerse del todo.
    Ambos extremos bloquean el proceso. Expresar sí, pero con cuidado. Calmarse sí, pero sin negar lo que duele.
  12. La vida después del dolor es posible.
    Recuperar actividades, poco a poco, ayuda a volver a habitar nuestro presente. No se trata de olvidar, sino de aprender a vivir con lo que falta.

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